8. DÉJATE LLEVAR




Apenas habíamos cruzado palabra alguna cuando una repentina seriedad cubrió por completo su rostro y su mirada quedó perdida en algún punto más allá de la pista de baile. Antes de poder preguntar qué pasaba, me agarró por la cintura y en un simple y veloz giro de brazo me resguardó tras ella.

- Maite. – fue cuanto llegó a pronunciar Sharleen. 


- Nos vamos – ordenó Maite tirando de mi.

No me resistí. Sólo me dejé llevar. Observando a Sharleen, extrañamente seducida por su actitud, mientras Maite me alejaba de ella rodeando la pista central hacia la salida.

- Espera – me detuve en seco al percibir
 un cambio en la mirada de Sharleen – Maite, espera.

- Isis, en serio. Tenemos que irnos.

- No, no, un momento. – y seguí la trayectoria de su mirada hasta el centro de la sala.

Entonces la vi. Guiada por el murmullo de la multitud apartándose ante ella. Una figura esbelta trazada a la perfección entre las demás. Cruzando la sala firme y regia, dejando tras sus pasos de felino, un rastro de sonrisas tímidas y miradas evasivas. Avanzando impasible entre el resto. Altiva, suntuosa e hipnótica. Pura sensualidad en movimiento.

- ¿Quién es? – quise saber completamente fascinada por esa mujer y decidida a no dar ni un paso más

.
- Nadie. ¿Podemos irnos? Cuanto antes te saque de aquí antes podré ir a por Sharleen.


- Ve. Yo me encargo – se nos unió Lora a los pies de la escalera principal. – Isis, vamos. 


- No.


- A buena hora te pones cabezona. – refunfuñó Maite.


- Vamos al Artes, esperamos a que vuelvan Maite y Sharleen y lo hablamos. – me invitó a seguir extendiendo su mano – Por favor.


- No.


- ¿Pero que os pasa esta noche? – aireó Maite – ¿Os habéis puesto de acuerdo para sacarme de quicio?


- ¿De que está hablando? – susurré a Lora


- Luego te lo cuento. Vamos.


- No.

- Cógela por arriba y yo le agarro las piernas

.
- ¡Maite, no! – y Lora interpuso su cuerpo entre Maite y yo.


- Pues ya me dirás como piensas sacarla de aquí. Porque hay que sacarla.


- Eso ya lo sé. Díselo a ella.


- Qué crees que estaba haciendo.


- Chicas – llamé la atención de ambas.


-¿¡Qué!? – respondieron al unísono.

Advertidas por mi expresión y con la mirada puesta sobre el bullicio de chismes y bisbiseos que la envolvían, la chica misteriosa recorría la pista de baile directamente hacia nosotras.

- Quédate detrás – mandó Maite ocultándome entre la pared y ellas.


- No hables

.
- No sonrías.


- No apartes la mirada si te mira. 


- Y por encima de todo...


- No conoces a Sharleen.


- Confía en ella. – concluyeron a la par.

Cogí aire y alcé la cabeza dispuesta a reprender a las chicas y su incoherente lista de órdenes cuando una intensa mirada me dejó con la respiración contenida. “No apartes la mirada” detuve el impulso, profundamente intimidada a medida que la chica desconocida se acercaba y sus ojos seguían fijos sobre mí. “No hables” recordé, “¡Y no sonrías!” reprimí la estúpida necesidad cuando, contagiada por su actitud al pasar por delante de nosotras, dedicó un guiño de ojo a Maite y una pícara sonrisa para Lora. “Confía en ella” comprendí de repente al ver a Sharleen desfilar tras sus pasos sin ni siquiera mirarme, alejándose junto a la extraña escaleras arriba.

Sorprendida y desorientada, muy desorientada, peleaba por recuperar el aliento sin poder apartar la vista del último escalón donde la vi desaparecer mientras mi mente se intoxicaba lentamente con un sinfín de morbosas y nocivas preguntas. Atropellándose unas a otras.

- ¿Y ahora qué? – retomó Lora.


- Olvídate de ir al Artes, estarán allí. 


- Ya no tenemos por qué salir, ¿no? – ratificó Lora.


- Hablaré con Ariadna para que nos haga sitio en el reservado. – aprobó recelosa Maite.


- Voy a por Carol, que nos prepare algo para beber. Y que sea fuerte.


- No. – interrumpí – No, no. Yo... – titubeé aturdida por el vertiginoso ir y venir de mis propios pensamientos.


- Vamos al reservado y hablamos más tranquilas, ¿si? – propuso Lora.

Dicho y hecho, en menos de diez minutos nos encontramos las tres en el reservado, a nuestra entera disposición gracias a Ariadna, y con una botella de vino tinto a nuestra merced, obsequio de Carol, que no dudaron ni un segundo en hacer cuanto estuviera en sus manos tras explicarles respectivamente la situación.

- ¿Por qué tengo la extraña sensación de que todo el mundo sabe qué ocurre menos yo? – insté al sentirme exageradamente observada por el resto de asistentes al local.


- Porque lo saben. – aseguró Lora mientras llenaba las copas.


- Creen saberlo. – corrigió Maite. – Ya sabes como es el ambiente. Cuéntale algo a una sola persona de este sitio y mañana, tu historia, será diez veces mas larga, diez veces más jugosa y diez veces más dramática.


- Efecto bola de nieve – añadió Lora.


- Efecto mi vida es tan aburrida que voy a meterme en la tuya. – despreció resentida.


- ¿Vais a contarme qué pasa? – apremié.


- Ya te lo hemos dicho.


- Confía en ella. 


- Pero qué narices pensáis que hago aquí. Y no sólo ahora mientras está con esa...esa...


- ¿Zorra? 


- ¡Lora! – censuró Maite. 


- Lo siento. Pero no es santo de mi devoción. Ya lo sabes. – justificó Lora.


- Entonces la conocéis. 


- Es...


- ¡Maite!


- ¿Qué? Si ya estamos metidas en esto hasta la cintura, como mínimo.


- Precisamente. 


- ¿Y qué pasa con vosotras dos? ¿Por qué no os estáis bufando o arañando o tirando del pelo como siempre? – evidencié.


- Frígida.


- Ninfómana


- ¿Mejor? 


-¿Habéis terminado? –impuse molesta – Tengo que hablar con Sharleen y decirle que confío en ella.


- Claro. Ve a decirle lo mucho que confías en ella justo cuando está con otra – satirizó Maite.


- Y con lo ocurrido el domingo es lo último que necesitas. –matizó Lora.


- Por lo que pasó el domingo necesito hablar con ella. – avalé.


- ¿De qué estáis hablando? 


- Isis pensó que tú y Sharleen tuvisteis algo la noche del viernes. Por la camisa. Y montó un pequeño numerito de celos – aclaró Lora.


- ¿En serio? – cuestionó Maite entre carcajadas – ¡Va en serio! – aseguró tras mi apatía a su risa – Lo único que hicimos fue hablar de ti. De ti. Y de ti. Quedó hecha un lío por como huiste de ella y le di un par de consejos. Eso fue todo. – explicó conteniendo la risa.


- ¿Qué consejos? – me inquieté.


- Pues que igual te habías pillado los dedos con ella. Vamos Isis, que tú no eres de las que se deja llevar. Te va ser metódica, lógica y prudente. Y necesitas saber que suelo pisas antes de poner el pie. 


- Que sí, que sí, que se me fue de las manos, ya lo sé. – admití sonrojada.


- De eso se trata. Tú condenas lo ocurrido y ella no entiende qué salió mal. – alegó Maite.


- Te dije que no te precipitaras – recalcó Lora.


- ¡Me dijiste que no confiara en ella! – protesté.


- Ejem. – carraspeó Maite.


- Cállate – aplacó Lora. 


- ¿¡Sabes la semana que he pasado por tu culpa!? – rabié contra Lora al recordar.

Porque si para algo me sobraban motivos llegado ese momento, era para rabiar.
Por la asfixiante incomodidad y la constante falta de aire que me acosó toda la dichosa tarde de domingo en cuanto se fue del piso de Tanya y Diana tras mi fulminante silencio a su tan inocente pregunta. Y la noche de insomnio y dudas que pasé abrazada al Boston Terrier, releyendo una y otra vez la nota escrita en su collar.
Por la severa culpabilidad con la que viví el lunes, reprochándome a cada condenado segundo porqué no fui capaz de pronunciar respuesta alguna. Y la absurda llorera que me asaltó en cuanto llegué a casa después del trabajo y vi el peluche sobre mi cama. “No es por ti” surgieron por si solas las malditas palabras mientras estrujaba contra mi pecho su regalo.
Por la irritabilidad que arrastré todo el martes, enfadada conmigo misma por mi estúpida y desatinada inseguridad contra Sharleen y descargaba mi cabreo con todo aquel que se cruzara en mi camino y se atreviera a preguntar como estaba. “¡Como voy a estar!” ladraba automáticamente después de dos días de puro infierno mental.
Por la ansiedad, la impotencia y la aguda falta de apetito durante el miércoles, con un nudo en el estómago por miedo a que, aún y habiendo encontrado qué decirle, no tuviera oportunidad de hacerlo, o peor, ya fuera demasiado tarde.
Y por la incontrolable y adolescente euforia a la que me vi sometida el jueves desde primera hora de la mañana cuando Lora me invitó a verlas en el Lesway esa misma noche y pasé todo el día contando obsesionada las horas que faltaban para volver a ver a Sharleen y poder decirle, al fin, que sí confiaba en ella.

- Pero apenas he podido saludarla que me he encontrado con todo esto. – expliqué a las chicas – Así que, o me dais un buen motivo para esperar a que vuelva o me voy a por ella. – exigí firme.


- Mezclas churros con mininas, chica, y así cualquiera pierde el norte – objetó Maite. – Lo que necesitas es dejar de pensar con la entrepierna para poder centrarte en lo que sientes realmente por ella. 


-¿Se puede saber en que parte de lo que os he contado ves las ganas de acostarme con Sharleen? –pregunté indignada.


- Pues eso. – señaló Maite – Es de lo más obvio y ni siquiera lo tienes en cuenta

.
- Ni lo hará hasta que se le derritan los ovarios – remató Lora.


- Porque yo no quiero...


- Chicas, siento interrumpir. – nos llamó la atención Ariadna – Pero vuestra amiga ha vuelto. – y se acompañó disimuladamente con el pulgar por encima de su hombro antes de volver sobre sus pasos.


– ...acostarme con Sharleen. – concluí.

En cuanto terminé de pronunciar su nombre y la vi remontando los últimos escalones del reservado con las manos en los bolsillos del tejano, la expresión endurecida y una mirada glacial, una pequeña contracción hizo saltar la alarma en mi interior.” Oh, vaya” reconocí al instante. ¿Podía tener razón Maite? Y no sólo porque ni se me había pasado la idea por la cabeza, sino porque realmente estaba mezclando emociones con sentimientos y el caos mental y la frustración, ¿eran simple tensión sexual?

- ¿Y bien? –abordó Lora ofreciéndole su copa de vino.


- Pues... – suspiró profundo y engulló de un solo trago la copa entera

.
- ¿Tan mal ha ido? – se interesó Maite encendiendo un cigarrillo y acercándoselo.


- Mmmm – negó con la cabeza mientras aspiraba una generosa calada – Mal no. Extraño. Muy extraño. – y al expulsar la gran bocanada de humo hacia el techo dejó a la vista la marca rubí de unos labios en la base de su cuello – Deja de mirarme así. – enunció con voz áspera y posando su mirada en la mía. Tan fría. Y tan distante


- Tú ni caso. Está algo cabreada, eso es todo. – suavizó Lora. ”¿Algo”? pensé abrumada.


- Que atrevida es la ignorancia. – replicó. 


- Deja de hacer el imbécil – azuzó Maite tras ofrecerle un pañuelo.


- Lo siento. – masculló entre dientes mientras limpiaba con fuerza la marca de su cuello.


- Que tal si te sientas, ¿hum? – le ofreció Maite.


- Pediré otra botella. Y una copa para ti. – añadió Lora.


- ¿Qué pasa con vosotras dos? – se dio cuenta al fin – ¿Es que...?


- No. – Maite respondió tajante. – Es sólo una tregua

.
- ¿Soy la única que se ha perdido? – sospechó Lora.


- Deberíamos irnos. –intervino Sharleen antes de poder unirme a la confusión de Lora, alcanzando mi bolsa de mano y emplazándome a seguirla. 


- Otra vez no – refunfuñé inútilmente.

Me agarró de la mano y tiró de mí fuera de la butaca. Rodeó mi cintura con su brazo para arrastrarme hasta las escaleras y con sus manos sobre mi cadera, bajamos apresuradas los escalones del reservado. Entrelazó de nuevo su mano a la mía y tras una previsora serie de disculpas para abrirse paso por la pista, encarábamos la escalinata principal cuando resonó por todo el local, alta y clara, la voz de Lora.


- ¡¿Que hiciste qué?! – se escuchó perfectamente.


- ¿Pero qué...? – me giré instintivamente, alertada por el bramido de Lora.


- No, no, no. Ni se te ocurra. – siguió tirando de mi hasta la calle. Se detuvo un instante, observó a lado y lado de la calle y retomó la marcha hacia Enrique Granados. – Vamos.


- ¡¡Sharleen!! – nos alcanzó un nuevo alarido de Lora justo al girar la esquina hacia el pequeño parque.


- Mierda. Como me pille me manda a Boston de una patada en el trasero. – confesó divertida y apremiando el paso. – Por aquí. – nos escondimos en uno de los salientes del primer portal. –Shhhhh. – me acalló, pegando su cuerpo al mío y ahogando su propia risa.


- ¡Como te pille te mando a Boston de una patada en el culo, me oyes! – vociferó Lora desde la esquina.


- Espero que a Maite le haya dado tiempo a escapar. – añadió asomándose cuidadosa por el borde – Por los pelos. – confirmó la ausencia de Lora alejándose hacia la calle y deshaciendo nuestras manos.


- No. – apresé su mano entre las mías y salvé la escasa distancia que separaba mis labios de los suyo en un simple paso.

Las dichosas palabras de Maite seguían vivas e intactas revoloteando alrededor del deseo de volver a besar a Sharleen desde el instante que volvió al reservado. Y a pesar de prohibirme un primer impulso cuando quedé atrapada entre ella y el saliente del portal, fue suficiente repasar mentalmente la locura de noche que estaba viviendo, con los ir y venir de un lado a otro del Lesway, la chica misteriosa, el comportamiento surrealista entre Lora y Maite, la actitud cambiante de Sharleen y la precipitada huida lejos del berrinche de Lora, para que yo también me dejara llevar por la insensatez.
“Qué demonios” pensé segundos antes de lanzarme sobre Sharleen. “Sí que quiero” admití al fin.

- Isis.... – rompió el beso y contrajo su expresión en una mueca.


- No, no, Sharleen, no. Llevo una noche de lo más extraña, demasiado, y una semana de mil demonios, dándole mil vueltas a todo esto hasta ahogarme yo sola entre lo que pienso y lo que siento. Pero confío en ti, de verdad que lo hago. Y por primera vez en días estoy segura de algo, y es esto. Necesito esto.


-¿¡Necesitas pisarme!? – interrumpió con un gesto de angustia en su rostro. – ¿¡Por qué!?


- ¿Qué? – y al bajar la vista pude ver mi tacón derecho sobre la punta de su bota izquierda
 – ¡Oh, Dios mío! Lo siento, lo siento... yo no...ni siquiera... ¿estás bien?... lo siento...

- Esos zapatos te sientan de maravilla pero son realmente temibles. 

- Gracias... creo – acepté sonrojada.


- Mira, agradezco tus palabras pero sé que no puedes confiar en mí porque no me conoces.
 – retomó mientras se frotaba la punta de la bota – Y entiendo lo que haces y por qué; Necesitas que esto vaya a su ritmo y tiempo, y me parece genial. Mientras vaya a algún sitio, a poder ser juntas. – endureció su semblante y sus ojos brillaron intensamente – Pero si vuelves a besarme no pienso detenerme.

- No lo hagas – y volví a capturar su boca en la mía.

Y todo empezó de nuevo. Labio sobre labio, con sus brazos sujetándome firmes contra su cuerpo mientras me abría paso a través de la cremallera de su sudadera. Lengua con labio con lengua. Un delicado mordisco. Sus manos perdidas bajo mi ropa. Las mías sobre su cadera, atrayéndola. Una respiración entrecortada para recuperar el aliento. Una mirada cómplice. Un grito en la lejanía.

- ¡Buscaros una habitación!


- ¿En tu casa o en la mía? – preguntamos a la vez.


- Glorias. Menos de diez minutos en taxi. – expuso.


- Plaza España. Cinco minutos a pie. – rebatí tirando de ella en dirección a mi piso.

De camino, cada semáforo en rojo que nos detenía, cada esquina poco iluminada o cada acera sin otros transeúntes, nos invitaba con una facilidad vehemente a un nuevo y breve arrebato de manoseo quinceañero. Para cuando llegamos a mi portal, un simple susurro suyo hubiera bastado para derretirme por mi misma desde lo más profundo de mi vientre. “Y aún nos queda el ascensor” me estremecí. Menos de dos metros cuadrados para una última serie de caricias y roces. “Dios mío, no puedo más” rogué por una pausa. Y al fin, en casa.

- Adelante – la invité a entrar. – Cocina, baño, salón y... – me detuve intimidada.


- Habitación – terminó por mí. – Isis, ¿estás segura de que quieres hacer esto?


- Más que nada. – abrí la puerta de mi habitación. – ¿Y tú? – aguardé bajo el marco su respuesta.

Segundos después, cerraba la puerta tras ella.