1. SHARLEEN




Las nueve de la mañana y mi vuelo llegaba puntual al Aeropuerto del Prat.
Tras quince días de absoluta locura, intentando organizar hasta el más mínimo detalle del viaje de vuelta y sus quince noches de insomnio, con la mente atrapada en una macabra telaraña de recuerdos que de repente volvieron a mí en cuanto decidí regresar, bajar del avión me supuso un esfuerzo inesperado. Con un océano de por medio todo parecía más sencillo. Había pasado los últimos cinco años de mi vida al otro lado del Atlántico y aunque Boston me resultaba una ciudad igual de familiar que Barcelona, gracias a los veranos que pasé de adolescente con mi familia paterna, no dejé de extrañar ni un solo día cada parte de mí que dejé al final de una pasarela como aquella y que tanto pavor me producía volver a cruzar.
Arrastrando la mitad de mi vida metida en maletas y la otra mitad revolviéndome el estómago, apenas cincuenta metros y una última puerta de cristal me separaban de estar en casa.

Durante el trayecto en taxi hasta mi piso fui ordenando mentalmente según su prioridad y el tiempo que iban a ocuparme, los quehaceres que aguardaban mi llegada, consciente de que llamar a mi madre iba a dejarme con un par de horas menos y deshacer el maldito equipaje, limpiar lo justo, ir a comprar lo básico e intentar dormir algo, me ocuparía el resto del día. Si las cajas del trastero habían esperado cinco años, seguro que podían esperar un día más. Pero tras la batalla por subir las dichosas maletas hasta mi piso, fueron piedras de otro sendero bien distinto lo que encontré. Con las llaves en la mano y la respiración contenida, tenia la extraña sensación de que en cuanto abriera la puerta, todo lo que dejé encerrado tras ella se abalanzaría sobre mí cual horda de fantasmas enfurecidos y con ganas de venganza por haberlos abandonado como lo hice. Por si así era, abrí despacio y entré a tientas con las maletas por delante. Llegué al comedor, subí las persianas y me di de narices contra la única realidad que había sobrevivido entre aquellas paredes; muebles viejos y una fina capa de polvo. Confirmado pues, que los fantasmas los llevé todo el tiempo a cuestas, estuviera donde estuviera, y que con mi marcha, vacío fue lo único que dejé y encontré, decidí ponerme en marcha.

Llamé a mi madre y mientras hablaba con ella subí el resto de persianas, abrí un par de dedos cada ventana para airear el encierro de un mes tras la marcha de la chica que había alquilado el piso en mi ausencia y devolví, llave a llave, los suministros de agua, luz y gas. Al colgar, eché un vistazo al pequeño montón de cartas sobre la mesa del comedor y entre ellas encontré una sin remitente ni sello. Sólo con mi nombre. “Las chicas” pensé al reconocer la letra de Sasha. Decidí pasar de la compra, ignorar el polvo y olvidar las maletas en mi habitación para tomar un largo y espumoso baño mientras le dedicaba a la carta de las chicas toda mi atención. Tantas páginas de su puño y letra no merecían menos por mi parte.
La primera hoja era de Sasha, que tras una elaborada bienvenida, me confirmaba los detalles de la cena para esa misma noche. Las siguientes eran de Cloe y Diana con sus respectivos ánimos por mi vuelta a la ciudad. Tanya prefirió guardarse la bienvenida para cuando me viera en persona, alegando cuanto odiaba la parte sentimental de estas cosas y que evidentemente, seguían sin ser su fuerte. Maite ponía punto y final con una sutil pero descarada declaración sobre cuanto me había echado de menos, en especial, las noches de fiesta. Cinco hojas en total.
“Hummm” suspiré al terminar de leer. Faltaban dos. De Lora y puesto que no supe de ella en esos cinco años, no sólo me lo esperaba, sino que lo entendí. La otra, hacia muchísimo tiempo que dejé de esperarla.
Pasé el resto de la mañana reubicando cuanto traje conmigo y eso, aparte de muchísima ropa, fotos, libros, cd´s, películas y una inquietante infinidad de accesorios de baño, también incluía una repentina y profunda duda sobre los motivos que me habían hecho volver.

A cinco minutos para las nueve de la noche sonó el timbre de la calle. Tal como me había informado Sasha en su parte de la carta, Tanya y Diana venían a recogerme para ir a la cena. Salí disparada, con la chaqueta y la mochila en una mano, una bolsa con regalos en la otra y el estómago bailándome garganta arriba, garganta abajo, invadida por una incontrolable e infantil euforia. No tuve paciencia para esperar al ascensor y aprovechando que sólo eran un par de pisos y que cada segundo que me separaba de ellas, de repente, me resultaba una eternidad, bajé corriendo por las escaleras. Y al fin las vi. Llevaba tantísimo tiempo esperando ese momento. Tantísimos días y meses, soñando cómo iba a ser el instante en el que volvía a verlas, a estar con ellas, a poder abrazarlas, pensando qué seria lo primero que les contaría y lo primero que querría saber de cuanto me había perdido. Y apenas podía respirar.

- ¿Qué pasa Gringa? – saludó Diana tras una última calada.

- ¿Sigues fumando esa porquería de cigarrillos mentolados? – empezó a temblarme la voz.

- Estás flaca. – añadió Tanya pinchándome con el dedo índice el estómago.


- Y tú canosa – fue lo último que pude decir antes de romper a llorar.


- Vale, no más mentolados – bromeó Diana.


- Imbécil.


- ¿Un abrazo? – se ofreció Tanya


- Por favor – balbuceé abriendo los brazos.

Después de un reconfortante y largo achuchón de casi diez minutos, la reflexión de Diana alegando que “las tres, así, no entramos en el taxi” acompañada de un “deberíamos ir tirando” de Tanya, nos puso rumbo a la cena.
Adiviné el punto de encuentro cuando el taxi giró por la esquina de la calle Aragón con Balmes. “El BancoBanco" recordé ilusionada. Les pedí a las chicas si podíamos bajarnos en la esquina de Vergara, necesitaba andar y un poco de aire fresco antes de encontrarme con el resto. A media manzana, desde la boca de los Ferrocarriles y con el corazón palpitándome en los oídos, pude reconocer al grupo de chicas y cada una de sus figuras a pies de la escalera aguardando mi llegada. La inconfundible silueta de Maite y su peculiar manera de fumar, exhalando el humo hacia atrás. Los saltitos descoordinados de Cloe típicos de cuando estaba nerviosa. El acompasado balanceo sobre sus propios pies de Sasha. Los brazos cruzados sobre el pecho de Lora, acompañada de un enorme bolso. Las manos en los bolsillos y la dulce sonrisa de,¿quién era esa?