2. ISIS




Como cada viernes desde hacia tres años y gracias a una jornada intensiva de trabajo que me tenía encerrada en mi despacho de siete de la mañana a tres de la tarde, estaba mentalmente agotada y muerta de hambre. Pero la misteriosa llamada de Sasha a media mañana y la incomprensible urgencia con la que me citó en su piso para aquella misma tarde me dejaron preocupada. Así que en cuanto terminé salí para allí directamente, repasando por el camino los últimos encuentros con las chicas, preguntándome si había pasado por alto alguna parte importante. Llegué con la cabeza llena de hipótesis catastróficas y el azúcar por los suelos. Aproveché que una vecina salía para colarme por el portal y ya desde el rellano escuché perfectamente el alboroto de las chicas. Saliendo del ascensor y justo en la puerta, descubrí que el escándalo que detecté desde abajo era en realidad una bronca sin precedentes. Llamé al timbre seriamente alarmada por los gritos procedentes desde el otro lado de la puerta, cuando, para mi sorpresa, abrió Maite.

- ¿Qué haces tu aquí? – pregunté confusa.


- Pasa anda – me invitó a seguirla hasta el comedor – Lora está algo cabreada ahora mismo, no se lo tengas en cuenta.

“¿Maite en casa de Sasha?, inesperado pero no insólito” pensé, pues ya habíamos coincidido en cenas anteriores aunque sólo fuera cuando quedar con nosotras no interfería con su vida social.
“¿Lora cabreada?, aterrador” admití, como la mayoría de veces que Lora reventaba cuando algo o alguien, sobrepasaba su abundante pero no infinita paciencia y su enfado arrasaba con todo lo que se cruzaba en su camino.
”¿Maite defendiendo a Lora?” eso no había quien lo entendiera. Se llevaban como el perro y el gato desde su ruptura y cuantas más relaciones tenía Maite, más la detestaba Lora.
Llegué al comedor acongojada por la riña entre las chicas.

-¡No la estamos defendiendo Lora, pero es sólo una noche! ¡Luego puedes seguir enfadada con ella! – vociferó Tanya, con las mejillas sonrojadas y el ceño fruncido.


- ¡No me da la gana! ¡Estoy harta de ir bailándole el agua! – increpó Lora


- Chicas… – intenté intervenir sin éxito. 


- ¡Perfecto! Pues no vengas. – añadió Maite – Así no nos amargarás la fiesta. 


- ¡Bien! ¡Hagamos como si no hubiera pasado nada! ¡Salgamos de fiesta! – replicó Lora en tono burlón.


- Maite tiene razón. No vengas – afirmó Cloe. – No podemos obligarte. Si no quieres bajar del burro es cosa tuya.


- No te pongas condescendiente con ella – le dijo Maite a Cloe – Tú también has metido la pata y hemos estado contigo – recriminó a Lora

.
- ¡Exacto! – gritó al aire Lora.


- Aun no se lo has perdonado – reveló Sasha.


- Decidió irse. Que cargue con las consecuencias. – sentenció Lora.


- ¡No te dejó a ti! ¡Nos dejo a todas! ¡A todas! – estalló Tanya, dejando tras su reproche, un amargo silencio.

Esperé unos segundos antes de aventurarme a preguntar qué narices sucedía y a qué venía tal sarta de gritos y reprimendas.

- Primero de todo, hola. – tanteé el terreno – Segundo, ¿puede alguien explicarme qué demonios pasa?


- Sharleen vuelve a Barcelona. – desveló Diana.

Y me bastó un instante para atar cabos.
Yo no conocía a Sharleen. Para cuando llegué a Barcelona hacía prácticamente un año que se había ido. Aún así me sabía de memoria la interminable lista de historias y anécdotas que las chicas contaban cuando nos reuníamos y algo les recordaba a Sharleen. Con el paso del tiempo y cena tras cena, pude hacerme una idea bastante precisa sobre ella, sobre cuanto la apreciaban y de cómo les afectó a cada una su marcha. Así que el rechazo de Lora por volver a verla no me sorprendió en absoluto. Busqué su mirada.

- ¿¡Tú también!? – se puso a la defensiva.


- Yo nada, que no se ni qué pinto en todo esto. – alegué en mi defensa.


- Estamos preparando una cena para su vuelta – explicó Sasha.


- Y no quiere verla ni en pintura. – afirmé. – Sigo sin entender que hago yo aquí, por cierto.
- Venir a la cena. – soltó Maite.


- ¿No? – repliqué sin pensar.


- ¡Otra que va en burro! – añadió Tanya.

¡Yo no iba en burro! No tenía motivos para ir a esa cena, eso era todo.
No todos los días puedes celebrar que una amiga a la que llevas sin ver cinco años vuelve y yo sería una extraña en esa celebración. Completamente fuera de lugar.

- ¡No voy en burro! Pero no pinto nada en esa cena. Es algo vuestro.


- Isis, algún día tendréis que conoceros. Qué mejor que darle la bienvenida como una más – los argumentos de Diana me resultaron irrefutables.


- Entonces, habemus cena. – dictaminó Cloe – El viernes que viene a las nueve y media en el BancoBanco. Quien no venga – y clavó su mirada en Lora – que cargue con las consecuencias.

Disponía de una semana para hacer de los argumentos de Diana mis propios argumentos y sacar de ellos la convicción suficiente para poder presentarme en la cena con total seguridad por mi papel y mi presencia. O eso creí, pues al final terminé gastando seis de las siete tardes desenmarañando el infinito mosqueo de Lora.
El sábado por la tarde salí con ella a tomar unas cervezas y dejé que sacara del buche cuantos motivos tenía por no volver a encontrarse con Sharleen, lejos del juicio y la presión de las chicas. Por la noche, analicé a conciencia cada palabra suya en busca de una brecha por la que colarme y poder darle la vuelta a parte de su apatía.
El domingo, a primera hora de la tarde, me presenté en su piso, inocente y convencida de haber encontrado argumentos suficientes contra su rencor, para volver a casa contagiada por sus mismas dudas sobre la dichosa cena. Aunque las palabras de Diana, respecto a darle la bienvenida a Sharleen como una más del grupo, seguían siendo de lo más sensatas, hice mías parte de las excusas de Lora y no me sentí preparada en absoluto para que esa cena fuera el momento y el lugar para conocerla.
El lunes llamé a Lora desde la oficina, enfadadísima por haberme contaminado con sus temores sin ton ni son.
El martes vino a recogerme a la salida del trabajo para dejar claro que, mi inseguridad y sus evasivas, distaban mucho, pero muchísimo, de poder ser comparadas.
El miércoles y vía mensajes de teléfono móvil, nos acusamos mutuamente de escondernos una tras la otra.
El jueves por la noche, Lora apareció por sorpresa en mi piso con dos docenas de cerveza y algo más nerviosa de lo habitual.

- Lo sé, lo sé, es tarde y mañana curras, yo también – se arrancó en cuanto abrí la puerta – Pero yo así no puedo dormir. Y sé que no es para tanto tía, pero ya sabes como soy con estas cosas, que me caliento yo sola – seguía confesando mientras abría un par de cervezas, me alcanzaba una y guardaba el resto en el frigorífico – y me acabo liando tanto que ya no sé qué si y qué no. Pero mira, que me jode lo de mañana, y que sí, sí, ha pasado mucho tiempo y el pasado – bebió un trago largo – pasado está y que bastante tuvo con lo suyo, si yo lo entiendo, pero me dolió que se fuera sin más, sin avisar, como si lo que dejaba aquí le importara una mierda, ¿sabes? – y un trago más – Que no es por juzgarla, que es por mí, que me sigue doliendo, ¡caray! que éramos, qué digo, somos amigas – y terminó su mediana en un heroico sorbo final – Y por eso que la comedia de mañana no me gusta, que yo quiero saber qué, porqué, cómo y cuando, no quiero fiesta, quiero hablar con ella, ¿me explico? –se abrió una segunda cerveza – Vale, lo admito, no lo he hecho muy bien estos años, vale, lo he hecho fatal, lo sé, pero, pero, es que... – y se quedó sin palabras, al fin. 


- Para ella tampoco será fácil.


- Lo sé. 


- Si tanto te importa, mañana deberías ir. 


- Joder Isis, que toda esa mierda sentimental ya me la sé. 


- ¿Entonces? 


- No lo sé –admitió derrotada – ¿Y si ya es tarde para estar ahí?¿Y si mañana no quiere verme? Son cinco años, ¿sabes lo que puede cambiar una persona en cinco años?


- ¿Y seis personas? – opuse – Vosotras habéis seguido juntas mientras ella intentaba rehacer su vida a quilómetros de aquí. Pero si mañana está dispuesta a enfrentarse a eso, creo que se merece la oportunidad de poder hacerlo. Y eso te incluye a ti.


- Eres peor que mi abuela – sentenció. – ¿Y tú qué?


- Lo mío es distinto, ya lo sabes. No nos conocemos y precisamente, por lo que me has dicho, sigo sin creer que mañana sea el momento.


-¿Es que no te pica ni un poquito la curiosidad? Con lo que te hemos llegado a hinchar la cabeza sobre ella todo este tiempo.


- Sí, claro que sí, pero creo que lo último que querrá tener mañana es a una extraña por ahí, sino estar con vosotras sin tener que andar mordiéndose la lengua.


- Sharleen, ¿morderse la lengua? – soltó una sonora carcajada – Vale, vale, pues si no quieres venir por ella, ven por mi, por favor, por favor, por favor, por favor…

Así fue como acabé, el viernes a las nueve menos diez de la noche en las escaleras del BancoBanco de la Plaza Cataluña, esperando a una no tan extraña, aguantando el continuo humo de los cigarrillos de Maite, el nerviosismo de Cloe, el vaivén de Sasha y los “gracias” de Lora, con las manos en los bolsillos y una sonrisa compulsiva en los labios víctima de mi propia incomodidad.